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jueves, 7 de octubre de 2010

Abierta la Caja de Pandora

Veinte minutos de charla, unas pocas palabras, un intento de análisis mental - emocional... y el silencio de un vagón de tren pueden empeorar las cosas.

Primero no es más que un latido pequeño, insignificante, que se va ralentizando. Pasan los segundos y, por desgracia, te quitas la coraza, la máscara, todo lo que vendes como un producto defectuoso que se pasa por uno de calidad.
Y las figuras se difuminan, se descolocan y pasan a ser manchas borrosas, junto a la voz distorsionada del vagón que te advierte de la siguiente estación. Como una autómata empiezas a andar.
Para entonces, el corazón se ha desecho de la escarcha y sientes, de nuevo, la demoledora presión que te devuelve a la realidad. Es la misma sensación que creías haber olvidado, superado años atrás.
Caes en la cuenta de que llevas los restos de la misma espina dentro, acuchillando, agrietando, deshaciendo el remiendo del pecho que con tanto cuidado cosiste. El hilo se desintegra con cada bombeo del corazón, la sangre aumenta con cada latido y empieza a escaparse del interior.
Sangras, sangras, sangras... porque no conoces otra forma de llorar.
La herida se ha abierto y sigue expulsando oscuridad como una forma de autoliberación, en contrario con la autodestrucción a la que estás acostumbrada. Al final el pinchazo acaba por multiplicarse y ser insoportable hasta tal punto que lo único que quieres hacer es arrodillarte sobre ti misma y luchar contra el corazón por conseguir aire, incluso sabiendo que cada bocanada resultará pavorosa.

Finalmente, sientes que con la misma presión, tú también te hundes.

1 comentario:

  1. Me ha recordado mucho a algo que he sentido hoy en un momento determinado(exeptuando el hecho que no estaba e el metro)

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