SafeCreative

SafeCreative
Todos los derechos reservados

sábado, 29 de diciembre de 2012

Fealdad y Belleza



Si nos cortas sangramos,
si nos hieres lloramos,
Ambas iguales
pero de distintos caudales.

Algunos han llorado, unos pocos han gritado
y muchos se han burlado. Tres veces, todos ellos, me pegaron.
¿Qué he hecho yo, para… cabrearles tanto?

Oh. Sí, ya veo. Es este lienzo…
… este rostro que me devuelve el espejo.
Corrupto reflejo.

Si me percibes entre la multitud encogido
y con pensamiento de pena henchido
verás esta negra, desgastada cabellera.

Repararás en mi mirada oscura,
estas dos pupilas de color púrpura.
Seguro llores, tal vez tiembles.

Descubrirás entonces las marcas de esta cara:
Enredaderas de surcos, putrefactos puntos de otros mundos.
Son las cicatrices más extravagantes
de los matices más repugnantes.

Soy el producto infecto
concebido de un fugaz y sucio afecto,
El retoño de una corrupta matriz
con figura de actriz.

Soy la sombra agazapada
que espera, llorosa, bajo tu ventana.
Un monstruo con corazón
que por vivir pide perdón.

Este rostro no es más que decadencia
pero suplico, por el Demonio, no me rechacéis
ni al Señor me entreguéis.

Mi llanto os suplicará siempre clemencia
por el único pecado
que será siempre mi presencia.
Aquí sólo soy yo el apestado.

¡Poned fin a vuestra violencia!
Porque aun consciente de mi aspecto
más dulce sería vuestra indiferencia.
Soy la verdad más incorrecta.

Mi llana existencia
es el crimen propio de la demencia,
la respuesta a un enfermo eterno
que escribió, aquí, en mi esencia:
Bienvenido al infierno.

·
Si observarais con atención,
Si estudiarais detenidamente…
Veríais más allá de la seducción
De este cuerpo y de esta mente.

Me habéis regalado rosas,
amores, cuadros, palacios,
pasiones y joyas lujosas.
Fueron presentes lacios.

Me tenéis en un pedestal
del que es complicado bajar.
No soy una princesa con zapato de cristal
que no pueda, sola, trabajar.

No ansío diamantes o amoríos de realeza,
tan sólo alguien llamado amigo
que acepte mi llaneza
y que me confiese, en silencio: yo te sigo.

Porque esta hipocresía
se me hace insoportable
y vuestra gran mentira
una gran impresentable.

Te amo, dijiste.
Eres hermosa, me recordasteis.
Menudo chiste
del que os jactasteis.

¿Por qué dicen que la belleza
es originaria del cielo
si aquí sólo siento tristeza
y me hundo en el hielo?

Me dicen afortunada
cuando nado en el limbo
sumida en la apatía, en la nada,
en la que constantemente sucumbo.

Nada es amor, todo es lujuria.
Nada es amistad, todo es interés.
Sobrevivo en un mundo de injurias,
ira, falsedad, escasez y estrés.

Por favor lo pido: segad las rosas,
secad los ríos, oscureced las luces
y no me regaléis más prosas.

Ya no quiero poemas, palabras dulces
o engañoso afecto. Sólo sinceridad.
Ansío malas nuevas, pesadillas suaves
pero que sean reales.

Ante todo exijo realidad,
no una hermosa mentira
de la mejor, inigualable, calidad…
sólo porque este rostro lo elija.

No busquéis antiguas disputas doloridas
porque la hermosura puede ser malvada,
convertirse en verdugo, en manzana envenenada,
denigrar vidas y hacer sangrar viejas heridas.

 Somos las dos caras de una misma moneda.
Somos tan sólo muñecas de esta caprichosa rueca
Que es la vida de la Fealdad y la Belleza.

martes, 25 de diciembre de 2012

¡Felices Fiestas!


Hoy, por encima del cinismo y de la nostalgia, os deseo Felices Fiestas a todos. Aprovechad las fiestas para disfrutar lo que los universitarios no nos está permitido en vacaciones navideñas.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Ensoñaciones de un suicida


Ojalá el frío partiese mi cuello
y ahogara así los gemidos que intentan salir.
Ojalá pudiera el calor erosionar 
en mis venas para ahogarme en mí mismo,
en la ponzoña y la adrenalina de una muerte repentina.

¿Qué ocurriría si el dolor de mi pecho,
entre tejidos musculares, venas finas
y burbujeos carmesí, explotara?

¿Por qué me encuentro, entre la inmensidad de la eternidad,
siempre cara a cara con el mar? Veo perlas, veo espuma,
tal vez una sirena que exuda vida y marineros de causas perdidas.

¿Qué hago al abismo de este acantilado
recreándome en el vacío bajo mis pies?
¿Me atrae, acaso, ese lecho de agua?

Escucho, en medio de una ensoñación,
¿los latidos en mis oídos? ¿Es mi corazón?
Martillazos, burdos todos. Y la sangre...
mira cómo corre, mira cómo lame la roca y se precipita al mar.

Distingo entre su borgoña el hiel,
oscuro y espeso como el alquitrán,
pesado como el plomo.
Brilla al fulgor de la luna,
como el filo plata de mi cuchilla.

Mis ojos ya no brillan ni pestañean.
El color ha volado, el viento se lo ha llevado
y en su lugar sólo ha dejado suspiros.

Bajo mi cintura palpo el beso helado del cañón
y el tacto rugoso de la culata, sus callos y sus heridas.
Ahí quedan, ahí agonizan las viejas huellas de manos desprendidas.

Céfiro me susurra pero no escucho,
sólo huelo la pólvora y el metal
y el hierro y la sal en mi boca.

A mis pies la piedra se abre,
se cierra y se parte.
Y mi cuerpo, cascarón vacío,
es el estandarte que derrotó vida y conquistó muerte.

En el tobillo una cuerda trenzada
a una roca llamada agonía.
Hace tic-tac, tic-tac, el tiempo que le queda a la vida.
Y mientras, al extremo, la piedra se cuelga,
se mece, se estira, se tensa y peligra.

Hasta que el cuerpo se tira,
el viento lo rasga y se pierde en la nada.
El mar, de sonrisa triste,
lo abraza pero nadie le canta.

Y entonces, al aullido de un trueno
despierto en mi cama empapada,
mojada y con la manta en un rincón abandonada.
Desde mi ventana se avecina tormenta,
un vendaval que trae olor a menta.

Miro mi muñeca, la historia que cuenta y yo,
aletargado, no pienso ni en la hora,
ni en el mundo ni en las voces de esta casa.

Sólo el mar, sólo el mar y nada más.
Sólo lanzarme al mar y, de camino, soñar sin nada más.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Entre líneas


Lo he imaginado muchas veces. Muchas, más de las que pueda recordar: pasear por los entresijos del alcohol, cruzar la neblina de la marihuana en una esquina, sortear a cuatro individuos expulsando la bilis en cualquier árbol plantado con las mejores intenciones del ayuntamiento y alcanzar a escuchar, de fondo, el metalizado sonido de una guitarra eléctrica en el barrio catalán que hace alusiones al mar. Yo pateando la acera bajo mis tacones y tú mirándome, a lo lejos.
Sentiría de nuevo esa mirada viperina y toda tu mierda en el interior, burbujeando inquieta.
Y recordaría, entonces, desde los confines de mi mente; la melodía del piano, la señal del teléfono al otro lado del auricular y tu voz camuflada en la misma canción de un loco. Cantaba recuerdos rotos, mentiras no olvidadas, vidas pasadas, pesadillas camufladas en una sonata. Veré cómo dijiste que me observarías a través de la ventana, cómo me espiarías al dormir, que encenderías una vela por mí y que en silencio, a solas, proclamarías eres mía. Mientras, recordabas entre líneas reflexionando que jamás habías deseado matarme... hasta ahora.
No obstante, el tiempo ha pasado y no te has posado tras mi ventana, no me has espiado al dormir, no has encendido una vela por mí... Sólo has intentado investigarme a través de una burda pantalla enviado mensajes tristes y espolvoreando advertencias a voces que jamás te hicieron caso. Sólo me añoraste y me buscaste desde la lejanía para vislumbrar cómo me difuminé y me transformé en humo.
Quizá nos encontremos de nuevo entre esas calles oscuras, tú con una pandilla que no volverá a saber cómo dirigirme la palabra y yo rodeada de extraños de los que te preguntarás quiénes son y por qué se relacionan conmigo. Siempre lo quisiste saber.
Tal vez estudie tu compañía, pensaré que te sienta bien para alguien como tú y hasta será posible que crea que sigues siendo el mismo al que con gusto humillaría con la lengua empapada en ponzoña.
Pero siempre, siempre, me cuestionaré dónde quedó; revoloteando, ese... Nunca he deseado matarte... hasta ahora.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Escarcha, hielo y cristal



Sólo podía ser en diciembre. Sólo alguien como ella podía haber elegido el inicio del invierno para dormir durante un largo, largo tiempo.

El lugar elegido era un acantilado y el cielo, clareado, presentaba un un sol radiante. no parecía que fuera, en realidad, un día triste.
La roca gris era dura, compacta y aun así rugosa e irregular. Entre sus grietas crecían briznas de hierba, impulsados por la supervivencia, acariciando un rayo de luz al menos. Allí, sin embargo, no había más tierra que esos tallos diminutos de verde; nada de flores. Ningún capullo quería abrir sus brazos al día porque ninguno había nacido allí.
Al pie del acogedor abismo se mecía el mar, que a pesar del buen clima parecía algo inquieto al golpearse contra las duras paredes de esa, a falta de un mejor nombre, isla. La espuma lamía la montaña, el agua se recreaba en sí misma y parecía querer subir, escalar las paredes hasta conseguir tocar lo que en lo alto reposaba.
A unos pasos de lo que sería un hermoso salto reposaba un sarcófago de cristal. En su interior yacía el cuerpo de una joven, inmóvil, con los párpados cerrados y su cabellera peinada en forma de abanico cubriendo sus hombros.
Cath, desde el exterior, observaba el ataúd sin revelar emoción alguna. Lo estudiaba, sin más, fijándose especialmente en la chica de su interior. Lucía un vestido de corte victoriano, escarlata, que le descubría los hombros. Con su pelo al viento una flor de cerezo le adornaba el lado derecho de su rostro por encima de la oreja mientras una diadema de tela azabache le cubría la coronilla. Sus manos, ocultas bajo guantes de encaje negro, abrazaban un ramo de crisantemos blancos.
Dio unos pasos hasta acercarse al cristal, lo rodeó y se quedó frente al rostro de su hermana, quien parecía reposar. De hecho, dormía. Se había sumido en un profundo sopor del que se desconocía si despertaría.
-Tal vez, algún día...
La diablesa colocó el ramo sobre el ataúd y de nuevo posó sus ojos en la joven. Inclinó sus labios al cristal y a pesar del remolino helado que los atacó de pronto, dejó prender un beso en el sarcófago. El halo de su aliento quedó tatuado en el recipiente por poco tiempo, pues de pronto unas grietas de frío helado lo atraparon y lo congelaron. En unos segundos, tal como aparecieron se retiraron y dejaron esa superficie tan helada como lo estaba en su origen.
Cath no supo vaticinar si se trataba de cristal, escarcha o el mismísimo poderoso hielo; envolviendo a su misántropa en un abrazo helado.
De pronto, tal como la escarcha apresó el beso de la pelirroja, fue reptando lentamente hasta el ramo posado sobre el cristal y, en un suspiro, envolvió a las flores en el frío. Los crisantemos se congelaron y en un instante cualquiera fueron de cristal.
-Qué propio de ti.
En un momento el suelo quedó oculto ras una gruesa capa de hielo ártico y el cielo, antes claro y azul, quedó oculto tras unos amenazadores nubarrones de lo más pálidos. Un fuerte viento del norte empezó a soplar. En un minuto o dos el silbido de Céfiro cruzó los oídos de la diablesa. En un abrir y cerrar de ojos unas motas de un puro blanco cayeron del cielo, las cuales empezaron a cubrir el ataúd y la tierra que lo rodeaba.
Todo fue pasto de la escarcha. Todo excepto Cath, quien era el único punto de calor del lugar que se mantenía ahí de pie; orgullosa y altiva.
La nieve lo cubrió todo, los crisantemos echaron raíces y sus tallos, cristal y escarcha puros; aprisionaron al sarcófago en miles de espinas translúcidas, protegiendo el interior. La hermana de Cath seguía durmiendo plácidamente en su interior, sin moverse, inconsciente al parecer de lo que ocurría en el exterior. Reposaba en una mullida almohada tan pálida como la nieve que caía.
La diablesa echó un último vistazo al sarcófago antes de darle la espalda a su amiga y hermana. Se llevó los dedos de la mano derecha a sus labios para separarlos suavemente después, lanzando un nuevo beso al sarcófago. Esta vez éste fue a parar a la frente de la joven morena, encima del cristal.
Una llama diminuta prendió, una chispa de escarcha se aproximó a ella y en el momento exacto en que ambas se rozaron Cath escuchó a la perfección cómo una grieta perforaba el cristal. Supo de inmediato, al no sentir la regeneración de la superficie, que aquel beso se quedaría eternamente en el sarcófago. Ninguna escarcha, nevada, granito o viento lo borraría jamás.
Cath desapareció bajo la copa de los árboles.
-Felices sueños, Lea.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Noche



En una recurrente nebulosa
Un cuervo se posó sobre mi hombro
Y sus garras hundió en él,
Ahí donde mi piel es hiel.

En los cristales de la ventana
La lluvia es sangre
Y mi alma un desastre.
La pesadilla renace con el alba.

A la luz del día
Vislumbro sus ojos,
Sus palabras y gestos…
Ahora es sólo agonía.

En su lugar el cuervo grazna
Y las estridentes voces acalla.
Aquí sólo la noche me ampara,
Me mece y me acalla.

Ella es mi testigo, mi compañera,
Mi sino en el que me confieso,
Confío, sueño y me duermo.
Eres tú quien me libera.

Serás mi secreto,
Mi confesora,
Mi amiga,
Y protectora...

... Oh Noche, eterna Diosa.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Reflejo


Amamos a alguien para encontrar nuestro propio reflejo en otra persona con tal de sentirnos conectados. Buscamos el apoyo de nuestras familias para sentir la valoración de nuestro propio reflejo. Nos recreamos en la amistad para hacer crecer nuestro reflejo.
El reto más importante de la autosuperación es aceptar nuestro propio reflejo. Todo lo demás es polvo.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Nihilismo



Esta noche y todas las pasadas
Me he abrazado al Diablo
Y en azufre he dejado mis pisadas.
De mi Marca es de lo que hablo.

Con cada primavera
Ha llegado el invierno:
La visión de la calavera
Que anuncia dolor eterno.

He visto de cerca el espectro:
esas ropajes de sangre
al otro lado de mi espejo
de cordura mediocre.

Son mis ojos las lagunas
Testigos del acero
De cada una de mis lunas.
Cercano fue mi entierro.

Mi tatuada elegía
La acarrean mis muñecas
En una borgoña orgía
De felicidad seca.

Y mi blanca piel,
Trastornada y diseca,
Es ahora hiel
De estas horas muertas.

Es así como existo,
Como me caza Satán:
La víctima del mordisco
De este oscuro, corrupto, capitán.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Álzate, Mujer


Un adiós no basta,
Un prohibido no dice nada.
Qué acción más nefasta…
¿Cómo se siente de humillada?

Como esa mano encadenada
Que te controla y te hiere,
Esa alma de ira estrellada
Mentirosa al decir que te quiere.

A sus ojos no eres mujer
Ni amiga ni doncella:
Sólo un instante de placer
En que la vida finge ser bella.

Y a ojos amigos te besará,
Te mecerá y te abrazará.
Mientras, a solas, la noche
Volverá… de nuevo caerá.

Ya no brillará el sol
Ni rezumará amor.
En lugar de rosas aerosol
Y en cada mirada temor.

Descubrirás al lobo
Al abrigo de la luna,
A ese pobre bobo
Que creíste, ingenua, fortuna.

Álzate en armas, Mujer:
Pon fin a esta sonata de agonía.
Puedes una nueva vida tejer
Con la felicidad como sinfonía.

Sé tu propia heroína,
despierta en ti a la diosa
que él envidiaría y odiaría.
Sé tú la ardiente rosa.

Descubre en ti la fuerza
imponiendo fin a la pesadilla.
Haz que se retuerza
para que caiga de rodillas.

Si no, la única canción
Que lograrás escuchar
Será tu difunta oración…
Para los gusanos putrefacción.

domingo, 21 de octubre de 2012

Tu recuerdo. Invocación.



Desde este agujero oscuro
Mi voz no alcanza el exterior
Este es mi castigo, asumo,
Por creer ser superior.

Aquí sólo mis ojos
Vislumbran el carmín
De estos lujos
Que ofrece el jazmín.

Un Edén sin suerte
Donde no existe vida
Ni tampoco muerte.
Sólo eterna agonía.

Bajo este manzano
Invoco tu rostro,
Extiendo mi mano
Sin hallar apenas rastro.

En este lago sin orilla
Ansío tu cuello:
Ese cutis que brilla.
Mi único consuelo.

Pero no, no estás,
No te cazo ni te atrapo.
Eres un embrujo
Sin fin ni tampoco luto.

Así que vago, sin rumbo,
En busca de tu mirar
Y al poco me derrumbo
Porque no hay  donde buscar.

Ayer una doncella me habló,
Y al rozar su cuello yo…
Mi esencia, mi interior, ardió.
Y ella, viendo al monstruo, tembló.

En ella te vi, ¿sabes?
Fue corto, fue breve,
Creí alcanzar las nubes.
Pero al final fue como la nieve:

Era fría, no había calidez,
No rezumaba candor
Ni tu elegante sencillez.
No existía resplandor.

Así que busqué el fuego
Que tú emanas
Por el que me apego
En tus manos humanas.

Pero no lo descubrí,
Allí no había nada.
Entonces algo perdí
En mi mente insana:

Cordura lo llaman.
Así fue como la cogí
Del claro de su cuello
Y tu nombre inscribí.

Lo hice en borgoña,
En el denso azabache
De mi ponzoña.
¿Qué fue ese achaque?

En un segundo después
El punzante delirio murió
Tal vez sólo fue un fatídico revés
En que mi juicio expiró.

La sangre salpicó la acera.
Lo supe: no hubo más latidos
En la joven para sus suspiros.
¿Qué me hiciste, hechicera?

Alguien a lo lejos gritó:
“¡Muerte! ¡Asesino!”
Algo en mí se agitó
Al averiguar mi sino.

Esa será mi fortuna:
Amarte, buscarte,
Hallarte y no encontrarte.
¡Serás bruja inoportuna!

Pero no me detendré:
Te buscaré eternamente.
Por la sangre, por la noche… me venderé.
Me has convertido en lo que soy: demente.

Del infierno al que me entrego viviré
Con la libertad de un niño.
De las vidas que profane beberé
Para invocarte en mi sangrante filo.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La extraña del espejo


Los restos de aquella lluvia de cristal que había explotado bañó el cielo repleto de estrellas.
Lea, Cath o la misma extraña que frente a ellas se enfrentaba, podrían haberse cortado... O eso hubiera ocurrido si las tres hubieran tenido algo de humano.
El cielo estrellado ahogado en el vacío empezó a difuminarse a su alrededor: el azabache empezó a aclararse, las estrellas se extinguieron, lo que quedaba del espejo cayó al vacío... En su lugar, un nuevo firmamento continuó en su camino. Los nubarrones tomaron forma a su alrededor, se colorearon de grises y tonos sucios, como si estuvieran bañados en hollín.
Lea se centró en sentir las caricias de Céfiro en su piel de muñeca mientras observaba, frunciendo el ceño, a la extraña que había ante ellas. Cath, por su parte, sonreía y la estudiaba con ese surco burlón tan propio de ella. La otra joven, por su parte, le devolvía una sonrisa tan repleta de malicia que pareció equiparase a la diablesa en crueldad.
Lea no pudo evitar preguntarse quién le inspiraba más rechazo.
-¿Quién eres?- preguntó Cath, aunque una parte de sí misma ya intuía la verdad.
La pregunta resonó en la nada. Después, un rayo y un trueno rompieron el silencio y el silbido del viento.
-Sabéis muy bien quién soy.
No mediría más de un metro sesenta y aún así los tacones que calzaba hacían que pareciera imponente. ¿O sería, tal vez, el aura que la rodeaba?
Vestía unos pantalones largos negros que se ceñían a sus piernas, un corsé a cuadros oscuros y claros con un encaje que los ocultaba al ojo humano, un abrigo de cuero de la misma tonalidad oscura y su cabellera color chocolate, larga hasta media espalda; simulaba el oleaje del mar.
Parecía la personificación de la oscuridad misma.
-¿Y qué haces aquí?- inquirió Lea.
La extraña ladeó su cabeza y se encontró con la mirada clara del hielo, muy distinta a la suya. Lea vislumbró que la mirada de la joven estaba reseguida por un sombreado intenso. ¿Era esa la mirada misma de la noche? Allí donde observaba sólo veía la tonalidad del carbón.
-Tú y tu... compañera- susurró, echándole un rápido vistazo a Cath-, me habéis dejado libre. Muchas gracias.
-No hemos hecho nada parecido.
La extraña se dirigió a la diablesa.
-Cath, deberías explicarle lo que ha ocurrido ¿no crees?
La pelirroja le echó una mirada fría, algo inusual en ella. Esos ojos del averno se estaban tiñendo de sangre.
-Oh vamos, Cath, no me mires así. Siempre he estado ahí, observándoos y vigilando qué hacía ella
La extraña empezó a caminar en dirección a Lea, quien desconfiaba plenamente de la joven y le resultaba muy, muy familiar. La chica continuó su paso hasta detenerse al mismo nivel que la misántropa, quien se quedó inmóvil al mismo tiempo que alzaba un muro de escarcha a su alrededor.
-Eso no te servirá conmigo.
Ante la atenta mirada de Cath, la desconocida rompió con un suspiro las barreras de la morena y el hielo cayó, abandonado y roto, a sus pies. Lea quedó aturdida, desconcertada... sólo hasta que descubrió, en la cintura de ese extraño fantasma; el filo de un cuchillo.
-No te esfuerces, Lea, ni tus barreras ni mis ataques la afectan- musitó Cath de fondo.
-Ah, tú eres...- susurró la misántropa.
Lea palideció y retrocedió de forma instintiva. La extraña sonrió, alegre, pero con la certeza de alguien que esconde algo muy horrible tras una mueca impregnada de gentileza o gracia.
Alzó la mano para atrapar la muñeca de la morena en el vacío y ésta se quedó quieta, como si se hubiera rendido. Dentro de ella, el hielo había quedado reducido a un fino polvo de estrellas. Había comprendido que ahí, frente a ella, se encontraba su propia agonía.
No obstante, antes de que la desconocida cazara su mano, una nube de azufre voló hacia ellas y Cath le bloqueó al camino.
-Déjala- dictaminó, con la mirada encendida al rojo vivo.
La joven siguió sonriendo.
-Vaya, vaya... Al final sí la proteges ¿eh? La cuestión es... ¿por quién te preocupas de verdad? ¿Por ella... o por ti?
-Tú eres quien le ha estado enviando estas imágenes de sangre y acero- musitó Cath, con furia contenida.
La tormenta empezó a tomar forma, los truenos se intensificaron y los rayos se acercaron a la extraña que había surgido del espejo. Una suave llovizna empezó a mojarlas pero el aroma a hierro y metal, muerte y delirio; les hizo darse cuenta a las dos antítesis que lo que el cielo les ofrecía no era simplemente agua, sino sangre; la más espesa de toda la que habían visto.
-Has estado enviando toda esta ruina a través de sus sueños y del delirio, ¿por qué?
-Porque quiero ponerle fin.
Un olor a vozka, hierro y alcohol puro inundó el aire. Céfiro parecía ahogarse, no podía respirar.
-Esa es la droga. Esa es la droga que te mantiene a raya- Cath señaló la nada, el aire, el aura que respiraban.
-Así es- afirmó la joven, convencida.
Cath la encaró mientras su cabellera se revolvió en el aire y la sangre se tornaba más intensa, oscura y pesada.
-Has querido matarla.
-Y seguiré intentándolo hasta el fin de los tiempos.
-Deberías dejar de jugar con cuchillos ¿lo sabías?- musitó Cath, entre la diversión y la ira.
De repente una llama del averno nació del cielo y se rodeó a Lea, quien encogida la observó confusa. El calor de la llama se propagó por su espacio hasta envolverla, rozarla y lamerla... Todo esto hasta que, al límite, su mirada se congeló, se rasgón y la calidez de su mirada desapareció. Una nube de vapor helado brotó de sus poros y envolvió a la llama, con la cual trazó un vals cruel y feroz. El fuego fatuo, a una sonrisa de Cath, se dejó atrapar por el hielo y pereció avecinándose más allá de la tormenta.
Lea irguió sus rostro en mitad de una tormenta de témpanos:
-... o avecinarse al vacío.
-U observar la nada- siguió la diablesa.
Cath se acercó a la extraña con dulzura, casi con placer, hasta que posó sus pálidas palmas en sus mejillas para sentir ese tacto vacío, lastimero y a la vez poderoso. sus labios de rubí se posaron en su oreja izquierda y en susurro de cenizas musitó:-Deberías irte, Caín. Por mucha adicción o autodestrucción que provoques... nosotras seguiremos aquí, vigilando. No eres la única que la observa.Un aliento helado bañó de escarcha el vacío de Caín, quien a cada segundo parecía perder más fuerza. Por un momento tembló, intimidada.Lea posó sus labios de prisma violeta, helados, en su otro oído. Un aura helada convirtió las puntas de sus cabelleras en témpanos y toda ella transpiró dureza, voluntad y disciplina de carácter.-No me cogerás. No a mí, ni tampoco a ella- suspiró dejando en el aire una brisa que auguraba el invierno. Céfiro, más animado, se unió a ella.
Ambas almas enfrentadas le regalaron un abrazo opresor a la nada, al vacío, a la extraña... a Caín. La aludida tembló, su mirada se difuminó y su propio aliento le faltó. Los nubarrones empezaron
-No habrá cuchillo ni filo que vierta suficiente sangre...- advirtió Cath.
-... ni vacío o abismo suficientemente inmenso que la lleve a perderse a sí misma.
De repente, Caín se difuminó y se prendió en la oscuridad en rumbo al espejo, donde el cristal se recompuso y la atrapó de nuevo en su prisión de toxinas.
Volveré fue el único rezo que les devolvió a la diablesa y a la misántropa el viento.
Y ahí, tras el reflejo, quedaron las cicatrices, los cuchillos, las balas, el vacío, la nada, la oscuridad y la sangre.
Mientras, en lo alto, la ventisca desapareció y la tormenta amainó. Parecía que el Sol volvería a salir una vez más.

Versos crudos


Hoy has estado frente a mí
vestida impregnando pureza,
deseando hacerme reír
y jugando a ocultar esa cicatriz.

Has querido bailar
aun sintiéndote hueca.
Me has invitado a retozar
con la mentira en tu muñeca.

Sólo he conseguido reír
intentando sonreír
al decir: "No sabes mentir...
Eres un hazmerreír".

Tus ojos lloraban hiel...
¡respiraban ira!
Pero la marca de tu piel
rezaba: "¡mentira!"

Sólo querías susurrar
"Silencio. Estoy bien."
Sólo alcancé a murmurar:
"¿Pero para quién?"

He visto cómo lo miras,
cómo ansias ese filo.
Ese pavoroso suspirar
que promete el Exilio.

Observas la nada
para hallar el todo...
encontrando esa sonata
mortal que porta el lobo.

"¿Cuándo acabará?"
Inquiero cada año.
"¿Cuándo terminará?"
Frunciendo el ceño.

Mientras, en tu pozo,
la sangre seguirá tiñendo
los versos de un loco
que va pereciendo.

Mientras, en tu cabeza,
se seguirá transpirando crudeza
destilada en flaqueza.
"En ti ya no hay belleza."

Me miras con desdén,
ya cansada, ya rendida,
envuelta en blanco satén
extraviando la vida.

El mundo ve tu blancura,
tu poderosa figura,
pero nadie descubre la tortura
de la que no tienes cura.

Sólo yo y la Muerte
la vemos sin apartarnos,
le hacemos frente
sin avasallarnos.

Quiero curarte a besos,
aguardarte en abrazos
y silenciarte a versos
acunándote en mis brazos.

Deseo cazar ese cuchillo,
derrumbar ese balcón
y alcanzar ese brillo
que agoniza en tu corazón.

Para poder así salvarte
del dolor que te esclaviza,
para lograr robarte
la desesperación que transpiras.

"Te salvaré", predecía.
Ojos tristes me miran.
"No podrás", decías.
Manos turbias deliran.

Y un gorjeo gentil
crece en mi garganta
ante tu mirada senil
y tu edad de infanta:

"Quizás serás la adicción
de la autodestrucción
pero yo seré la oración
que te conceda la salvación."





--
Inspirado en:
The last night por Skillet.