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martes, 31 de mayo de 2011

Celos



Eres grande, eres alto, eres como esas sombras que acechan en cuanto das la espalda. De color verde, propagas veneno. Extiendes ponzoña que sabe a inseguridad, a desconfianza, a traición, a temor, a pérdida.
Aléjate de aquí, no es a ti a quién debo temer. Abandona tu luchan insignificante e inútil, no tienes razón de ser. Tu lugar no está aquí.

Miradas que si matasen lo harían, manos que agarran los brazos posesivas, voces que hacen un canto a la ira, insinuaciones que esconden un temor in crescendo, esas caricias que gritan en silencio eres mía.

Mientras, yo me pregunto por qué esa actitud propia de aquel quien desea enjaular a un pájaro y no dejarlo correr en libertad. Me cuestiono mi propio valor, el de mi mente y cuerpo; creyendo que, tal vez, atesoro un valor que desconozco.

Pero, ¿qué valor puede interesarme si el que se me adjudica sólo marca posesividad?

Debo ser ciega, debo pecar de ingenua, debo ser acusada de inconsciente... porque yo no veo lobos, no veo monstruos, no veo bestias a punto de cazarme, a la espera de que tú te des la vuelta.

Y aunque así fuera, si el lobo surgiera de entre los árboles y me susurrara: "Caperucita, ven conmigo"... ¿quién dice que yo aceptaría?


Porque aquí no hay lobos asomando en cada esquina, ni malvados a punto de atacar esperando una quiebra de confianza, sino solamente un monstruo malo y verde que vive dentro de ti y que, como una mala broma, no tiene razón de ser.

viernes, 27 de mayo de 2011

sábado, 14 de mayo de 2011

Una alusión a las virtudes



Has vivido diecinueve inviernos infinitos,
sin conocer las primaveras que más tarde llegan.
Dime, bruma indecisa,
¿por qué eres así?

¿Qué daño te ha infligido el mundo?
¿Qué heridas no has sabido cerrar?
¿Quién ha sido el insensato que,
con palabras ignorantes, tanto dolor te ha producido?

Puede que fuera uno, puede que fueran dos o,
en poco tiempo, puede que fueran cien.
Un secreto estoy dispuesta a confesar:
no todo será igual.

¿Qué ha sido de esa niña que pecaba de inocencia?
¿Qué ha sido de esa niña que carecía de maldad?
¿Qué ha sido de esa niña que siempre decía la verdad?
¿Qué has hecho de ella, alma apenada?

Gozas de belleza, inteligencia y amor.
No lo niegues al mundo, hazme ese favor.
No prohíbas que te admiren si lo crees merecido,
no censures las críticas impregnadas de criterio.

Déjame decirte, tú, alma ignorante de ti misma;
que puedes ofrecer más de lo que puedes recibir.
Que con que tiendas la mano a alguien,
ya vales más que cualquier riqueza recibida.

Tú, alma dudosa, misteriosa, huidiza y única;
déjame cogerte sólo un segundo.
No careces de virtudes, convéncete de ello;
porque por tu paso enamoras y embrujas.

Ríete como lo hacías antaño,
habla como supiste hacerlo tantas veces,
canta al mundo una sonata de virtudes
y deja atrás los pensamientos inseguros.


Porque en el fondo sabes que esos ojos ansiosos te siguen,
que esos silencios gritan emociones que sólo tú conoces,
que nadie excepto tú conoce las verdades que esa mente esconde.
Porque tú, niebla indecisa, frágil y serena; eres el objeto de deseos y pensamientos.

Por:
Cath

domingo, 1 de mayo de 2011

Cuentos de hadas



Érase una vez, en un país muy lejano... vivía un mal príncipe.

Se trataba de un joven arrogante, egoísta y cruel que protegió su reino hasta más allá de sus propios límites. Se manchó las manos batallando en guerras y la sangre que recogió en cada una de ellas inundó lo que le quedaba de corazón hasta que, un día, ya nadie recordó en él al niño inocente y de buen corazón que de pequeño había sido.

Una fría noche de tormenta se presentó en su castillo una anciana moribunda, pidiendo refugio de los rayos y los truenos... y de algo más. Pidió auxilio del terrible ser que la perseguía, algo indescriptible, algo que afirmaba venir del mismísimo infierno.

Abrumados por la ayuda que reclamaban las gentes ante tal bestia, los hombres de su alteza, junto con él, partieron en busca del enemigo de sus tierras hasta encontrarlo en lo más profundo del bosque.

Se estableció un feroz combate entre el príncipe y aquel monstro de ojos borgoña, tintados de la sangre de sus víctimas. Antes de poder propinarle la estacada mortal, el monstruo se llevó con él una parte de la piel del joven, dejándole marcada en la misma una huella de sus dientes y su ferocidad. Desgraciadamente, la bestia escapó entre la bruma del bosque y la protección que conferían la noche y sus manto helado.

Desde entonces, el príncipe empezó a desaparecer de los círculos nobles, abandonó todo contacto con su pueblo y evitó encontrarse a solas con su familia, amigos o servicio. Porque, lo que nadie sospechó hasta que fue muy tarde, fue que durante la noche el príncipe se transformaba en una horrible bestia azabache, que cruzaba los bosques y los campos en busca de una forma de aplacar su ira contra el monstruo que le había bendecido con su misma maldición gracias a esa mordedura.

Jamás volvió a encontrarle, pero con la ayuda de la misma anciana que acudió a las puertas de sus muros de piedra; logró descubrir que únicamente recuperaría su forma humana cuando no olvidara su humanidad y su bonda conociendo el verdadero afecto por otra persona, quien debería aceptarle y quererle por encima de su propia oscuridad.

Con el tiempo, el monarca intentó luchar contra sus impulsos y se esforzó por crear un vínculo con alguien más allá de sus títulos o su poder, pero fue inútil. Todo el mundo huyó al descubrir su oscura naturaleza.

Al pasar los años, comenzó a impacientarse y perdió toda esperanza, alentado exclusivamente por la búsqueda del demonio que lo había arrojado a una vida de tinieblas y soledad. Con ese único deseo en su mente buscó y buscó... sin encontrarlo.
No obstante... ¿sería la venganza la única forma de encontrar la paz a una vida de miserias y tortura?