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domingo, 20 de agosto de 2017

En ti vi la plata, el universo, la eternidad


A V,

Empezó como lo hacen las historias de fantasmas. Su nombre, su historia, su carácter, sus principios... Era la niebla de una noche cerrada. Lo eras.

Todas aquellos rostros hablaban sobre ti pero no tenías voz, ningún rostro que observar ni ninguna mente a la que pudiera admirar. No obstante, tu fama te predecía: rectitud, moral, perfección... justicia. Ya entonces intuía las gamas platas, el picazón al principio de mi lengua; el azul metálico que, a cuchilladas, rompía la noche.

Con sólo rumores mi mente empezó a trabajar. La maquinaria de la sinestesia dio sus primeros pasos y aunque todavía no podía asignarte un elemento, un color, un sabor ni un aroma que te hicieran justicia tu retrato ya se me asemejaba al precipicio que se rinde al mar o al cielo abierto de las afueras... Empezaste siendo una bruma que viaja, una brisa del más brillante cobalto. Y, aun así, sin un cuerpo que admirar o una mente que escuchar, supe que tu interior ya me sería hermoso. Porque eres como esas almas que huyen de la multitud para relucir más estando a solas... y no lo saben. Almas bañadas de historias: un ático lleno de recuerdos, una novela curtida por el tiempo, un punto inexplorado en el universo, la pregunta tras la lupa o el misterio que musita una foto polvorienta.  Tal vez sólo la belleza implícita de la melancolía.

En la terraza de un bar de barrio te conocí. Ya no fuiste un fantasma, una fantasía, el borrón de una página gastada...
... y descubrí tu cabeza: el cielo. El exterior. El que la gente corriente no ve, el que la gente de plástico no se atreve, siquiera, a soñar.

Me vi inmersa en un bosque denso como la misma noche que lo acompañaba cuando, caminando algo perdida con terreno rocoso bajo mis pies, mi brazo apartó las últimas ramas para hallar terreno llano. El precipicio ante mí, infinito, apuntaba al mar y el océano besaba la cala que, silenciosa, dormía sumisa ante el universo.
En lo alto crecía la eternidad. El cielo abierto, sin nubes, se ahogaba por las luces plata que rompían el azabache. Acompañaban la lluvia de estrellas que, como un río, serpenteaban entre el índigo, el diminuto destello púrpura y el cerúleo que acababa difuminándose con la atmósfera. Tus colores siempre fueron fríos, jamás apáticos, no menos hermosos; ligados a la eternidad de la mente y el tiempo del universo.

Escucharte hablar se asemeja a saltar a un vacío, al agujero negro del mundo... mientras que, al caer, las constelaciones iluminan un camino que nunca, jamás, resulta breve o corto. Porque nunca coges el camino fácil.
Tienes algo de artista ambulante, de las historias que guardan las troupes del mundo pero, a la larga, tu voz resuena más que tus relatos o secretos. Sobresale. Una voz líquida con la calidez que guarda la madera de cedro, siempre hermosa a contraluz. Una voz fuerte, intensa, insondable: densa como un vino tinto que te llena la boca y espumea que, incapaz de ser contenido, moja los labios y escapa en un reguero borgoña comisuras abajo.

A solas los dos, el infinito calla y duerme en tus ojos. Le robas el tic-tac al reloj y las agujas se hace añicos. El universo se paraliza, el azul y el plata se difuminan el uno al otro y el océano, bajo el precipicio, observa curioso y paciente el retorno del avance del tiempo, el universo de nuevo oscilando.

Mientras, en lo hondo del mundo, un violín de cedro sigue cortando el espacio y el tiempo. Se escuchan las palabras, el viento, la espuma en la roca. Y a veces, sin quererlo, empequeñezco porque encontré lo que otros no vieron ni sospecharon: un mundo, un misterio, un imposible, un universo...
...que se impone, que atraviesa, que devora, que crece.


Me preguntaste, al poco de conocernos...: ¿Por qué pensaste que íbamos a llevarnos tan bien?
Yo tan sólo pensé: eternidad.


Tu simbiosis,
C

miércoles, 21 de junio de 2017

Mentiras


Érase una vez un pobre borracho
al que un cuervo
le graznó un cuento.

Hablaba de sangre raída,
de su casa caída
y de todas sus... ¡adivina!
¡Mentiras!

Y entonces, mamá se dormía
justo cuando ibas a gritar
para acabar aullando yo.

Con tus uñas hundidas
en mi espalda encogida,
el aire olía a tierra mojada
y al hambre de tu boca.

Apetito de miedo y llanto,
así eras tú...

El rugido de una herida
que siempre sabe a sal,
a hambre y a metal;
animal lastimado.

Eras mi perfecto desastre:
de sangre limpia
y mirada sucia.

Te odio.
Te odio.
Te odio.

Men-ti-ra.
Mi boca cuenta men-ti-ras.
Pero tú...

Pero tú sabes a pesadillas,
a mi espalda empapada
en llanto y sudor frío.

Has teñido mi mundo
de sombras y borgoñas,
todo colores muertos
mientras me cuentas...

Men-ti-ras.

Y sonríes, me miras...
¡y finges no saber nada!
¡Me arde! ¡Fuego! ¡Te odio!

Men-ti-ras.

Plomo rojo y negro
que traza piernas,
pechos y palidez.

Ojos de ámbar
y boca de plumas...
Siempre odié tus labios
porque siempre me cantaban...

Men-ti-ras.

Siempre lo eran...
aun con tu mirada empañada
y tus alientos mojados
cuando tu respiración moría
donde nacía la mía.

Men-ti-ras.

Eres mi mejor tumba:
esa que me ralentiza el corazón
y me astilla la cabeza porque...
me estás rompiendo con tus...

Men-ti-ras.

Tus lágrimas, tus sollozos,
tus súplicas...
Todo lo aplastaré:
en esta casa, en este cuerpo,
en este rugido, en estas...

Men-ti-ras.

Mientras nadie más sospeche,
mientras nadie más mire,
mientras nadie más respire,
y sepan que

quiero las plumas de tus labios,
quiero el vacío de tus ojos,
quiero el auxilio de tu carne...

... y a ti, y a mí, y a nuestras...

... MEN-TI-RAS.

Inspirado en el relato "La caída de la Casa Usher" de Edgar Allan Poe.

lunes, 1 de mayo de 2017

El pájaro azul


A mi Simbiosis personal


¡Nos cuentan tantas cosas!
"Conserva la risa,
embotella el momento,
conquista la excelencia."

Pero cuando callan
y aparece el silencio,
le escucho a él:

Su grito herido, 
un canto desesperado
que sabe a libertad.

Hay un pájaro anidado
entre mis costillas
tan azul como mi primera acuarela
y, gimiendo, sobrevive en una cárcel
de hueso y nácar.

Ahí me llora una canción triste
mientras vive muriendo
un poco, una pizca, cada día.

Me revolotea en el pecho
pegado contra el hueso,
agonizando contra toda mi metralla.

Le pido: "cállate,
quieto, llora bajo"
y así lo voy ahorcando

mientras, de lejos,
mi niña huraña
de dientes torcidos
me escupe:
"Me lo estás matando"

Asustado, he fantaseado
en romperle el cuello,
deshojar sus plumas
y secar su azul

pero le escucho
y es tan hermoso
que podría amarlo
y tan triste
que podría llorarlo.

Pero ya no lo hago,
porque ya gime él;
porque ya canta por mí.

Y me lo matan...
Me lo mata el traje y la corbata,
el cinismo,
la mente cerrada,
oriente y occidente,
el banco y el dinero,
el hambre y el sexo.

Me lo matan los hombres,
el ayer
y el mañana.

Me lo mata
el silencio,
el ruido
y la sordera.

Y ahí sigue:
cuánto más grito,
más canta él...

ahí donde yo clamo:
"¡No puedo vivir sin ti!"
y sin palabras que decir, me protesta:
"¿Morirías por mí?"

¡Cuánto me duele!
¡Cuánto me pierde!
Mi pájaro azul,
mi voz cortada,
mi alma rota...

¡AY! Y el silencio vuelve...

¡Nos piden tantas cosas!
"Ignorad al raro,
salvad el paro,
anhelad lo caro..."

¡MATAD AL PÁJARO!



Inspirado en el poema "Hay un pájaro azul en mi corazón" de C. Bukowski.

martes, 14 de marzo de 2017

Mientras te sueñe

Hoy es uno de esos días. Ya sabes: gris, difuso, triste y cariñoso, temor e incertidumbre de la mano.
Hace exactamente tres días cumplí años y esa misma mañana desperté con la certeza de haber soñado contigo. No fue una pesadilla, sino una realidad extrañamente distinta. Familiar por tu olor pero ajena a mi día a día.
Estabas vivo, te había crecido el pelo y sonreías otra vez. Apareciste en mitad de una reunión de familia como un recuerdo con forma de espada y sabor a sal. Como un fantasma, una aparición y confusa, con el corazón en un puño, pregunté a mi madre: ¿no había muerto? Ella, de mirada grave y perdida, respondía: No lo sé.
Era tan lejano mirarte… y aún lo era más escuchar tu voz. Salí al balcón. Me esperaste allí. Y entonces, me alzaste entre tus brazos y me abrazaste. Empequeñecí. Me dijiste que me habías echado de menos, que me querías.
-Cuánto has crecido.
Nos asomábamos al balcón, a la barandilla de un segundo piso.
-Aléjate del borde- decía yo.
No podía dejar de mirar el vacío, la acera gris tan cerca y al mismo tiempo tan lejos.
-Aléjate por favor, no te acerques.
Me mirabas confuso, casi desconcertado por el objeto de mi atención. Acabaste por reírte a carcajada limpia pero acabaste por apartarnos del límite entre la nada y el todo. Me abrazaste más fuerte.
-Serás tonta…- respondiste alborotando mi pelo para luego observarme fijamente después. En tus ojos todo era amor- Estoy orgulloso de ti.
Lo dijiste así, sin más, con una convicción que yo distaba mucho de albergar. Una voz de una historia distinta me dijo que allí, en ese mundo, llevabas una tienda de bisutería junto a tu mujer, una joven a la nunca vi y que, con carácter, parecía hacerte feliz. Tenías dos hijos, una casa con jardín, habías envejecido… y no sabía si todavía conducías una moto o si seguías fingiendo. La única certeza de aquel sueño fue que no había sombras, mentes enfermas, pastillas o visitas a un psiquiatra. No había rastro de enfermedad.
-Te quiero.
Desperté en mi cama, confusa y lejana. A mis pies la perra dormía hecha un ovillo y me quedé con la mirada perdida en su pelaje, rubio pajizo. Me quedé un buen rato así hasta que, con el despertador marcando la salida del sol, volví a caerme dormida.
Me desperté con las felicitaciones de la gente, de mis padres, con el meneo incesantemente alegre de la perra a mis pies. En secreto calculaba a qué edad me dejaste, fantaseaba en cómo serías si todavía siguieras aquí y en si, finalmente, ya no me sentía culpable.
Yo no creo en estas cosas. No creo en los fantasmas, en las apariciones, en un cielo tras un último aliento que ha expirado. Sin embargo, no pude evitar pensar que esa felicidad debía ser, de algún modo, cierta.

Cuando nadie miraba se me escapó un deseo de felicidad por ti. Caduco, otoñal, pero completamente sincero así como directo. Al fin y al cabo, tú ya no existes y tu cariño ya no adopta tus formas… pero nunca, ni por un segundo, he dejado de quererte yo. No mientras respire, no mientras pestañee, no mientras te sueñe.