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jueves, 21 de julio de 2011

"Desesperación". Gustave Coubert.


Hoy el sol prometía brillar todo el día. No obstante, al mediodía las nubes empezaron a cubrir el cielo poco a poco, hasta que una escolta de nubarrones conquistó el claro firmamento.
Tras las escaleras de piedra, la brisa artificial del recinto y los extranjeros atareados en captar detalles sin asimilar, me perdí en la planta baja del museo; donde el silencio era más profundo y la oscuridad de la luz más palpable.
Al final del pasillo de piedra gris y color tierra los cuadros adornaban las paredes y se engalanaban allí, con sus mejores galas: miradas perspicaces, rostros imperturbables, ropas de época, desnudos y elegancia... Entre todos ellos, un sólo retrato me enamoró en silencio.
Un pálido rostro observa al espectador, se retira el pelo con ansiedad, entreabre los labios en ademán de expresar algo que jamás nadie llega a escuchar... Y sus ojos... Oh, sus ojos...
Nunca he llegado a ver una mirada igual.
Los ojos ofrecen su máxima expreisón, oscuros y repletos de incredulidad. Parece observar al espectador con sorpresa, como si tras la calma que otorga el silencio cayera en la cuenta de que algo... o alguien extraordinario se encuentra frente a él.
Me pregunto qué verá... o qué querrá decir. ¿Habrá visto luz? O... ¿habrá visto, por el contrario, oscuridad? Desearía saber si ve en mí lo que yo me niego a descubrir a mis ojos y a los de los demás, lo que no sale a la luz nunca... a excepción de lo que parece ser una mirada inexistente: los de un cuadro llamado Desesperación.
En silencio me pregunto si, solamente una pintura, únicamente un cuadro... es capaz de vislumbrar lo que otros no ven, lo que tanto los extraños como los conocidos no quieren ver: la herida...
... Ese corte de mediana estatura que perfila una línea torcida e irregular, la cual dibuja una senda cruel e indiferente. Rezuma ponzoña y gotea azabache, oscuridad.
Esta herida me corta la respiración con la humillación, la vergüenza y el dolor, ese sufrimiente que empapa mi pecho de plomo, provocando que sea éste tan, tan pesado... Con pesar, me avergüenzo por el miedo que experimento, el pánico que vivo por haber sido utilizada.
Y frente a esa mirada, empequeñezco y tiemblo, porque él ve lo que no quiero ver, porque ve lo que los demás no ven y porque ve...
... lo que nadie debería ver.

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