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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Una buena atmósfera


En más de una ocasión las clases no son de mi gusto. En algunas me da pereza actuar, en otras los deberes se me han olvidado y están las que la materia es tan poco motivante que me dedico a otras cosas por las que me muestro más perceptiva; como dibujar o escribir.
No obstante, dejando de lado el campo de los estudios, donde prefiero no evaluarme por temor a la autocrítica; cuando salgo de las aulas me encuentro con algo mucho más agradable que lo que puedo hallar en casa o en la gran cantidad de pupitres en los que me paro a sentar.
Primero me topo con un pájaro, una joven menuda de pelo corto y azabache que siempre sonríe, con un aire distraído que en el fondo envidio. Hay un chico algo mayor de pelo largo y negro, semejante al Sombrerero loco de Alicia en el País de las maravillas. No bebe té, pero sí posee un gusto peculiar por el fuego y la cremación. Luego aparecen dos chicas también mayores, de la veintena, que parecen sacadas de la época de la reina Victoria en Inglaterra, muy risueñas. Y por último se añaden dos jóvenes más, unas chicas, una de pelo negro y rojo muy directa y franca y otra de tierras lejanas; del pelo del color apagado de las cerezas.
Al volver de camino a casa encuentro un vacío de lo más tranquilo pero igualmente monótono. En cambio, bajo ese castaño que apunta la hora libre entre clases, la tranquilidad que hallo es mucho más apetecible. Me siento como dentro de un libro, con grandes personajes y donde, por fin, tras mucho tiempo; me siento como en casa.
Puedo desaparecer y estar presente sin molestia, sin grandes preguntas ni hastiosas indiferencias.
Bajo la sombra de ese árbol, acompañada de esos ilustres individuos vislumbro la serenidad y también la vida; como si llueve, nieva o hace sol.
En pocas palabras... encuentro el arte.

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