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viernes, 5 de noviembre de 2010

Un casi incidente


Esta chica caminaba por la acera, por la carretera, por el prado, miraba a ambos lados y aún sabiendo que no pasaría ningún coche se quedaba quieta en el semáforo, esperando a que se pusiera verde.

Cuando alguien le proponía ir a hacer escalada ella inventaba alguna excusa. Sufría vértigo y con el tiempo el trastorno se agravó. No le importaba porque, en una relativa medida, lo controlaba.

Le inquietaban pensamientos horribles como que a su madre, padre... les pasara algo. Se ponía frenética con sólo pensar que les podrían haber hecho algo o que el coche les hubiera jugado una horrible pasada en la carretera.

En la escuela la señalaban y se reían de ella, por su supuesta ignorancia y torpeza. La calificaban de fea, de inútil y de mil agravios más... típicos de patio de escuela. Luchó con la indiferencia. No acabó por conseguirlo del todo.


Vivía con miedo.

...

Siempre.


Sin embargo, a los nueve o diez años, una tarde cualquiera después del colegio mientras su padre veía la tele en el salón entró en la cocina y... no sintió miedo. En realidad, no sintió nada.

No se inquietó ni tembló cuando palpó el acero del cuchillo sobre la muñeca. Sintió frío pero no le desagradó la sensación. Al menos, experimentó algo. Volvió a deslizar la sierra del cuchillo por la piel levemente. El frío seguía allí pero... más templado.

De pronto, a su espalda, su padre la miró con ojos desorbitados. A gritos, le quitó el cuchillo y la chica, con el nacimiento de las lágrimas en su mirada opaca, de repente..., sin más... lo olvidó todo. Todo se tornó negro de golpe.


Hubo una segunda ocasión de probar. Fue a la semana siguiente... Tal vez al mes. No recuerda si fue en otoño, en primavera, en verano o en invierno pero sabe que fue, también, después de clase.

Estaba sola en casa. Ni un alma. Su padre no estaba.

Caminó a la cocina, cerró la puerta, abrió el cajón, volvió a sujetar firmemente el cuchillo. El borde de sierra rozó con suavidad de nuevo su muñeca izquierda y ella, que en un pensamiento pobre pensó que ya nada podía ser peor, se preguntó qué pasaría si presionaba un poco más la carne.

Sangraría.

¿Qué pasaría entonces?

Dolería.

¿Luego?

La sangre correría rápidamente.

¿A continuación?

Se desmayaría.

¿Y al final...?

Que moriría. No volvería a despertarse.


Fue entonces cuando empezó a ver un funeral, caras tristes, una clase que ni se inmutaría y, de cerca, vislumbró a su madre y a su abuela llorando. Las vio desconsoladas, desesperadas... histéricas; incluso.

Y de pronto volvió a sentir el dolor, el miedo, el rechazo.

Arrojó el cuchillo lejos de ella para guardarlo más tarde en el cajón y cerrar éste con un golpe seco y nervioso.

Sintió algo. Sintió miedo. Y sintió asco... Odio y repulsión por toda aquella gente que habían estado a punto de ejecutar un paso que significaría no poder dar marcha atrás nunca más.

Decidió que, mientras hubiera una sola persona en el mundo que la necesitara, a esos no los abandonaría.


Aquella misma noche, llamó a su abuela y sonrió con satisfacción a su madre porque, por una vez, estuvo contenta de estar viva.


1 comentario:

  1. Siempre habrá alguien en el mundo que la necesite. Aunque a algunos aún no los conozca.

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