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martes, 14 de marzo de 2017

Mientras te sueñe

Hoy es uno de esos días. Ya sabes: gris, difuso, triste y cariñoso, temor e incertidumbre de la mano.
Hace exactamente tres días cumplí años y esa misma mañana desperté con la certeza de haber soñado contigo. No fue una pesadilla, sino una realidad extrañamente distinta. Familiar por tu olor pero ajena a mi día a día.
Estabas vivo, te había crecido el pelo y sonreías otra vez. Apareciste en mitad de una reunión de familia como un recuerdo con forma de espada y sabor a sal. Como un fantasma, una aparición y confusa, con el corazón en un puño, pregunté a mi madre: ¿no había muerto? Ella, de mirada grave y perdida, respondía: No lo sé.
Era tan lejano mirarte… y aún lo era más escuchar tu voz. Salí al balcón. Me esperaste allí. Y entonces, me alzaste entre tus brazos y me abrazaste. Empequeñecí. Me dijiste que me habías echado de menos, que me querías.
-Cuánto has crecido.
Nos asomábamos al balcón, a la barandilla de un segundo piso.
-Aléjate del borde- decía yo.
No podía dejar de mirar el vacío, la acera gris tan cerca y al mismo tiempo tan lejos.
-Aléjate por favor, no te acerques.
Me mirabas confuso, casi desconcertado por el objeto de mi atención. Acabaste por reírte a carcajada limpia pero acabaste por apartarnos del límite entre la nada y el todo. Me abrazaste más fuerte.
-Serás tonta…- respondiste alborotando mi pelo para luego observarme fijamente después. En tus ojos todo era amor- Estoy orgulloso de ti.
Lo dijiste así, sin más, con una convicción que yo distaba mucho de albergar. Una voz de una historia distinta me dijo que allí, en ese mundo, llevabas una tienda de bisutería junto a tu mujer, una joven a la nunca vi y que, con carácter, parecía hacerte feliz. Tenías dos hijos, una casa con jardín, habías envejecido… y no sabía si todavía conducías una moto o si seguías fingiendo. La única certeza de aquel sueño fue que no había sombras, mentes enfermas, pastillas o visitas a un psiquiatra. No había rastro de enfermedad.
-Te quiero.
Desperté en mi cama, confusa y lejana. A mis pies la perra dormía hecha un ovillo y me quedé con la mirada perdida en su pelaje, rubio pajizo. Me quedé un buen rato así hasta que, con el despertador marcando la salida del sol, volví a caerme dormida.
Me desperté con las felicitaciones de la gente, de mis padres, con el meneo incesantemente alegre de la perra a mis pies. En secreto calculaba a qué edad me dejaste, fantaseaba en cómo serías si todavía siguieras aquí y en si, finalmente, ya no me sentía culpable.
Yo no creo en estas cosas. No creo en los fantasmas, en las apariciones, en un cielo tras un último aliento que ha expirado. Sin embargo, no pude evitar pensar que esa felicidad debía ser, de algún modo, cierta.

Cuando nadie miraba se me escapó un deseo de felicidad por ti. Caduco, otoñal, pero completamente sincero así como directo. Al fin y al cabo, tú ya no existes y tu cariño ya no adopta tus formas… pero nunca, ni por un segundo, he dejado de quererte yo. No mientras respire, no mientras pestañee, no mientras te sueñe.

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